5 de enero de 2012
Un amor deletreado
- Te quiero – dijo ella.
- Por siempre – dijo él.
Sonrió al mirarlo. Sabía que esa promesa casi susurrada sugería a una bailarina inexperta con sus pies sobre un fino hilo de tiempo, intentando hacer equilibrio sin paraguas. Pero el mañana no importaba, mientras en el hoy estuviesen juntos.
La forma en que él convertía la fantasía más humilde en un recuerdo casi idílico le fascinaba. Envidiaba su capacidad de ver a una vaquita de San Antonio caminar por la palma de su mano como algo mucho más significativo que el corto lapso de tiempo que separaba la vida y la muerte, su vida de su muerte.
Distancia cruel si lo preguntan. Él mismo la definía como vivir su propia novela romántica y luego la misma historia, sólo que escrita y contada por alguien más.
Continuaron abrazados por un largo intervalo, abrazados en un instante que fingía ser eterno, una burla bastante irónica o quizás el más tierno gesto ante la conmovedora situación.
Frente a los enamorados, el mar sucumbía en olas gigantescas y, en tanto la noche cubría cada trozo de cielo, la marea iba en aumento, como queriendo borrar todo rastro de nombres y torpes corazones grabados en la arena por otros jóvenes amantes, como queriendo permanecer en ese cuadro sideral y evitar trasladarse a esa habitación obscura, húmeda y con olor a hospital.
Es así que el océano ocultaba su impotencia bajo la incesante tarea de arrastrar las huellas que signifiquen un amor ajeno al de ellos dos. Al deducir su futuro en complicidad con el cuentista, les regaló una tarde inolvidable, haciéndolos protagonistas también de ese espectáculo sublime, casi irreal.
Y acá es justo cuando el escenario cambia.
Dos segundos después o tal vez hayan pasado cinco meses intangibles, el sol pasó de iluminar el hermoso paisaje de la costa a colarse por una pequeña rendija, traicionando así a esa ventana mal cerrada.
- ¿Recuerdas ese día en la playa?
Se le había ocurrido una idea absurda, como si el universo mismo hubiera conspirado para que vivieran ese instante mágico entre tanta tormenta, como si la pluma de alguien más dirigiera sus pasos deletreando cada detalle, como si su teoría fuese cierta y él ahora habría dejado de ser él para convertirse en personaje. Pero qué importaba, si no había tiempo de comentarlo.
Decidió ignorar entonces su idea fantástica de la misma forma que llevaba tiempo ignorando su enfermedad y por millonésima vez su mirada infantil buscó la de ella, dejando ver que el brillo de la vida seguía latente aún en sus ojos, aunque era evidente que esa misma chispa había abandonado su cuerpo consumido.
- Te quiero – dijo él.
- Por siempre – dijo ella.
Y una lágrima fugitiva conoció por primera vez el gozo de la libertad.
Temiendo al adiós se fundieron en un beso interminable donde por la comisura de sus labios se escapó un pequeño suspiro con carácter de verdugo.
Un llanto silencioso y teñido de negro por un delineado apresurado la acompañó en su duelo, mientras sus pasos la dirigían hacia la puerta para abandonar la habitación y junto a ella, su promesa.
Por su parte, nuestro joven amigo cayó vencido en ese letargo sin desvelo con su típica sonrisa indiferente, llegando a confundirse si fue la enfermedad terminal, Dios o su novia quien tuvo el privilegio de quedarse con los últimos vestigios de esa alma enamorada, o tal vez haya sido mi lápiz, sé que le encanta hacer travesuras.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
TRISTE! jajajaja Aguante el lapiz :p
ResponderSuprimir