Jaque al rey.Tiemblas. Tu victoria se ve amenazada, incluso cuando te creías invencible.
Esa película acromática anticipándote el triunfo, ridiculiza ahora tus laureles. Sus aparentes aplausos disimulaban una mueca macabra, disimulaban su inmediata metamorfosis y te mantenía confiado, ignorante, exactamente igual a esa idea de paraíso que solemos tener.
Tic-tac. Tic-tac.Recorres la habitación con una mirada presurosa. Las sillas negras, la mesa blanca, la creciente obscuridad tan sólo aplacada por la luz de luna, esa que te hace cosquillas e intercala cuadros albinos entre tanta sombra, como escaques. El escenario es repetitivo, monótono, irritante. Un equilibrio desenfrenado y enfermizo, que huele a sepulcro.
Recorres a consciencia cada rincón del tablero.
Números, cuentas, movimientos y más números. No encuentras qué falló en esa estrategia perfecta. La realidad te abofeteó y ahora tienes una necesidad imperiosa de ocultarte, de huir, pero ¿sabes qué? No puedes hacerlo.
- Cualquier tormento físico sería mucho mejor que esto - piensas y la desesperación se cuela en tus huesos, mientras tu corazón tirita de frío, ¿o de miedo?
Se advierte en tus ojos, estás perdido.
Tic-tac. Tic-tac.Entonces lo ves. Un peón.
Jamás cruzó por tu mente la sencilla idea de que un peón, un trebejo inútil, sin ingenio, sin fuerza suficiente para dar un sólo paso sin tu consentimiento, pudiese ser capaz de traicionarte, de entorpecer una apertura magnífica.
El holgazán se volvió en tu contra, intereses mucho más elevados lo obligaron a entrar en ese juego peligroso, a perseguir un salto aún mayor del permitido, a desafiar tu autoridad.
Lo tildas de alevoso, de insustancial y en tu papel de mártir, disfrazas tu propia ligereza. Es tu pulso apresurado quien reprocha ese condenado descuido que te costará el aliento. Sucede que en tu esquema de ataque desestimaste a aquel soldado y todo por considerarlo innecesario, por creerlo más débil, por confiar en que lo era. ¡Qué iluso!
Tic-tac. Tic-tac.Vuelves a mirar el tablero. Casi por casualidad descubres el camino libre delante de ese ruin embustero y lo entiendes.
Tu enemigo le ofreció un futuro, le dio la oportunidad de escoger entre ser un soldado de guardia en una de las torres más altas, o uno realmente impredecible, con corcel incluido. O acaso prefiera convertirse en un valiente alfil, exactamente igual a aquel que bloquea, a quien que le impide defender a su rey, a quien le impide ayudarte a escapar.
Dicen que el peón busca coronarse, resulta bastante gracioso el que no creas en rumores.
Tic-tac. Tic-tac.Sonríes, subestimaste también a tu enemigo, él supo jugar con la ambición y la codicia de tus mismos jugadores, de ese peón que, después de todo, sí resultó ser débil, demasiado débil.
Con tu autoestima pisoteada y un grito mudo picando tu garganta, esperas el desenlace del crimen que intuyes está próximo, de aquel que planeabas sumar a tus antecedentes y declararte culpable, pero ya ves, ahora eres la víctima.
¡Qué perra es la vida!
Tic-tac. Tic-tac.Las fichas están puestas sobre la mesa, no puedes hacer más.
Si te rindes, pierdes mucho más que el partido, y lo sabes. Pero tu salvación significa sacrificar lo más preciado que tienes, significa entregar a las garras de lo incierto a la mujer que amas.
Él quiere a tu reina.
La horrorosa presión que su mano ejerce en tu cuello no te deja pensar, te impide recobrar esa fría precisión que desde el principio parece haberte abandonado, y con un dolor insoportable en la última fibra del alma, hipotecas tu orgullo y con él, tu única oportunidad.
Tic-tac. Tic-tac. Doce segundos pasaron desde que el sonido de la campanilla indicó tu turno. Doce segundos fingiendo eternidad en su afán por burlarse de ti y de la esperanza como invitada ausente. Sólo doce míseros segundos.
En un acto casi suicida, casi heroico, casi idiota, decides tumbar tu rey.
Y esa sonrisa irónica pintada en tu rostro se ensancha aún más.
Desde el suelo puedes ver la imagen bañada en lágrimas de tu reina, lágrimas de papel, lágrimas de cocodrilo, lágrimas de quien entiendes como una miserable actriz que olvidó borrar el ultraje que tu rival talló en su piel.
No hizo falta verbalizar su deslealtad, sus manos entrelazadas eran suficientes. Irrespetuosas seducían la gloria, fanáticas, inhumanas.
Apesta a traición por todas partes.
El tiempo, por piedad, acabó con su huida interminable, permaneciendo como único testigo de este grotesco espectáculo.
En tanto tú festejas la victoria hostil de ese timador profesional, festejas tu ingenuidad, festejas cómo el simétrico cuadro se va tiñendo de rojo. Festejas en tu agonía, un momento antes de que ese último suspiro robe tu alma y deje atrás unos ojos inertes.
La muerte llegó, con previo aviso sí, pero sin compasión.
Jaque Mate.Mención en el Concurso Literario UdeMM 2010