27 de enero de 2012

Rienda suelta



Abrazados, desconocían el tumulto de cajas abiertas y libros mal apilados a su alrededor. Se sentían adolescentes nuevamente, amantes desesperados por descubrir los beneficios de la pubertad. Sólo que ésta última los había visitado desde hace años, y hoy se burlaba de ellos al hacerles sentir la misma urgencia de compartir sus labios experimentados y con ellos un sinfín de pasiones enjauladas.

Libres, inquietos, avergonzados, no veían el tiempo pasar por su lado. Las horas tocaban a su puerta, y ellos simplemente las ignoraban, como a todo lo demás. Sonreían con los ojos, sonreían con la panza repleta de elefantes enamorados, sonreían cada uno en el roce del otro. No estaban felices, estaban ansiosos, preocupados en memorizar cada gesto, en aferrarse a la idea egoísta de un amor eterno.

No recuerdan cuánto fue lo que permanecieron encerrados. Sí recuerdan su pacto. Ambos renunciaron a la seguridad emocional de aislarse en una aventura fugaz y sellaron su dependencia en un beso interminable y algo más. Ambos comprendieron la posibilidad de un para siempre y se lanzaron de cabeza, satisfechos.

25 de enero de 2012

Auch.

Tembloroso. El sudor delataba su urgencia por salir de ahí. En un improvisado discurso disculpándose, poco creíble, ambiguo e ininteligible, quiso excusar su presencia, terminando por cavar su propia tumba - dirían algunos después.
Sus ojos reflejaban miedo, uno creciente, uno que paralizaba condenándolo a una torpeza inoportuna, sentenciándolo por anticipado y sumiéndolo en una dependencia absoluta sobre la decisión caprichosa de unos dedos firmes y acostumbrados al gatillo fácil.
La suerte no estaba de su lado, y el heroísmo es algo que ya ni en libros aparece.
Quiso buscar una salida, quiso creer que la había, y quiso también encender una luz en la oscura desesperación en que sumía cada centímetro de su cuerpo entumecido, pero pronto comprendió que era inevitable y que el precio que se paga por saberse un testigo casual resulta elevado si te descubren.
Por un momento lo intrigó la idea de reencontrarse con quién lo pensó incluso antes de nacer, lo tranquilizó. Tal vez comprobaría que la justicia no es sólo una noción meramente conceptual o literaria, sino posible.
No escuchó el sonido del disparo. Ni siquiera sintió la bala de plomo penetrar sus órganos vitales. Se convenció al notar que su ropa se teñía de rojo, mientras sus facciones se endurecían en una última mueca desafiante, dejando ver un valor repentino de quien no teme morir, o mejor, de quien conoce a la perfección lo que le espera.
Y fue entonces que cerrándole los ojos a lo que había sido una vida fastuosa y superficial, carente de un propósito cierto más que el de observar en silencio aquella iniquidad que jamás llegaría a denunciar, despertó.

5 de enero de 2012

Un amor deletreado


- Te quiero – dijo ella.
- Por siempre – dijo él.

Sonrió al mirarlo. Sabía que esa promesa casi susurrada sugería a una bailarina inexperta con sus pies sobre un fino hilo de tiempo, intentando hacer equilibrio sin paraguas. Pero el mañana no importaba, mientras en el hoy estuviesen juntos.
La forma en que él convertía la fantasía más humilde en un recuerdo casi idílico le fascinaba. Envidiaba su capacidad de ver a una vaquita de San Antonio caminar por la palma de su mano como algo mucho más significativo que el corto lapso de tiempo que separaba la vida y la muerte, su vida de su muerte.
Distancia cruel si lo preguntan. Él mismo la definía como vivir su propia novela romántica y luego la misma historia, sólo que escrita y contada por alguien más.
Continuaron abrazados por un largo intervalo, abrazados en un instante que fingía ser eterno, una burla bastante irónica o quizás el más tierno gesto ante la conmovedora situación.
Frente a los enamorados, el mar sucumbía en olas gigantescas y, en tanto la noche cubría cada trozo de cielo, la marea iba en aumento, como queriendo borrar todo rastro de nombres y torpes corazones grabados en la arena por otros jóvenes amantes, como queriendo permanecer en ese cuadro sideral y evitar trasladarse a esa habitación obscura, húmeda y con olor a hospital.
Es así que el océano ocultaba su impotencia bajo la incesante tarea de arrastrar las huellas que signifiquen un amor ajeno al de ellos dos. Al deducir su futuro en complicidad con el cuentista, les regaló una tarde inolvidable, haciéndolos protagonistas también de ese espectáculo sublime, casi irreal.
Y acá es justo cuando el escenario cambia.
Dos segundos después o tal vez hayan pasado cinco meses intangibles, el sol pasó de iluminar el hermoso paisaje de la costa a colarse por una pequeña rendija, traicionando así a esa ventana mal cerrada.

- ¿Recuerdas ese día en la playa?

Se le había ocurrido una idea absurda, como si el universo mismo hubiera conspirado para que vivieran ese instante mágico entre tanta tormenta, como si la pluma de alguien más dirigiera sus pasos deletreando cada detalle, como si su teoría fuese cierta y él ahora habría dejado de ser él para convertirse en personaje. Pero qué importaba, si no había tiempo de comentarlo.
Decidió ignorar entonces su idea fantástica de la misma forma que llevaba tiempo ignorando su enfermedad y por millonésima vez su mirada infantil buscó la de ella, dejando ver que el brillo de la vida seguía latente aún en sus ojos, aunque era evidente que esa misma chispa había abandonado su cuerpo consumido.

- Te quiero – dijo él.
- Por siempre – dijo ella.

Y una lágrima fugitiva conoció por primera vez el gozo de la libertad.
Temiendo al adiós se fundieron en un beso interminable donde por la comisura de sus labios se escapó un pequeño suspiro con carácter de verdugo.
Un llanto silencioso y teñido de negro por un delineado apresurado la acompañó en su duelo, mientras sus pasos la dirigían hacia la puerta para abandonar la habitación y junto a ella, su promesa.
Por su parte, nuestro joven amigo cayó vencido en ese letargo sin desvelo con su típica sonrisa indiferente, llegando a confundirse si fue la enfermedad terminal, Dios o su novia quien tuvo el privilegio de quedarse con los últimos vestigios de esa alma enamorada, o tal vez haya sido mi lápiz, sé que le encanta hacer travesuras.

3 de enero de 2012

Revancha


- ¡Yo no vivo de ilusiones! – le gritó.

No sabía su nombre, no conocía su historia y apenas me giré para ver su rostro. Imaginé posibles fracasos y otro par de desengaños, hasta quizás también tuviera algunas de esas cicatrices que alejan las miradas y agachan las cabezas.
Sentí lástima, no por las veces que con seguridad flaquearon sus rodillas, sino por su falta de sueños. Me entristeció saber que ese hombre de unos cuarenta y tantos años no consiguiera ver lo divertido de perseguir una ilusión, y aún peor, aborrecí la idea de que intentara desalentar a alguien más.
Me hubiera gustado darme vuelta con aires de ofendida y contradecir esa tendencia al conformismo que percibía en su voz, pero quién sabe si me hubiera hecho caso.
Preferí evitar las distracciones, volverme egoísta y concentrar mi energía en abrazar el motivo que me mantiene despierta.
Mi carrera sigue, y no quiero darle ventaja.

23 de diciembre de 2010

Corona Ilegítima - por Evelyn Malen Espinosa



Jaque al rey.

Tiemblas. Tu victoria se ve amenazada, incluso cuando te creías invencible.
Esa película acromática anticipándote el triunfo, ridiculiza ahora tus laureles. Sus aparentes aplausos disimulaban una mueca macabra, disimulaban su inmediata metamorfosis y te mantenía confiado, ignorante, exactamente igual a esa idea de paraíso que solemos tener.

Tic-tac. Tic-tac.

Recorres la habitación con una mirada presurosa. Las sillas negras, la mesa blanca, la creciente obscuridad tan sólo aplacada por la luz de luna, esa que te hace cosquillas e intercala cuadros albinos entre tanta sombra, como escaques. El escenario es repetitivo, monótono, irritante. Un equilibrio desenfrenado y enfermizo, que huele a sepulcro.
Recorres a consciencia cada rincón del tablero.
Números, cuentas, movimientos y más números. No encuentras qué falló en esa estrategia perfecta. La realidad te abofeteó y ahora tienes una necesidad imperiosa de ocultarte, de huir, pero ¿sabes qué? No puedes hacerlo.
- Cualquier tormento físico sería mucho mejor que esto - piensas y la desesperación se cuela en tus huesos, mientras tu corazón tirita de frío, ¿o de miedo?
Se advierte en tus ojos, estás perdido.

Tic-tac. Tic-tac.

Entonces lo ves. Un peón.
Jamás cruzó por tu mente la sencilla idea de que un peón, un trebejo inútil, sin ingenio, sin fuerza suficiente para dar un sólo paso sin tu consentimiento, pudiese ser capaz de traicionarte, de entorpecer una apertura magnífica.
El holgazán se volvió en tu contra, intereses mucho más elevados lo obligaron a entrar en ese juego peligroso, a perseguir un salto aún mayor del permitido, a desafiar tu autoridad.
Lo tildas de alevoso, de insustancial y en tu papel de mártir, disfrazas tu propia ligereza. Es tu pulso apresurado quien reprocha ese condenado descuido que te costará el aliento. Sucede que en tu esquema de ataque desestimaste a aquel soldado y todo por considerarlo innecesario, por creerlo más débil, por confiar en que lo era. ¡Qué iluso!

Tic-tac. Tic-tac.

Vuelves a mirar el tablero. Casi por casualidad descubres el camino libre delante de ese ruin embustero y lo entiendes.
Tu enemigo le ofreció un futuro, le dio la oportunidad de escoger entre ser un soldado de guardia en una de las torres más altas, o uno realmente impredecible, con corcel incluido. O acaso prefiera convertirse en un valiente alfil, exactamente igual a aquel que bloquea, a quien que le impide defender a su rey, a quien le impide ayudarte a escapar.
Dicen que el peón busca coronarse, resulta bastante gracioso el que no creas en rumores.

Tic-tac. Tic-tac.

Sonríes, subestimaste también a tu enemigo, él supo jugar con la ambición y la codicia de tus mismos jugadores, de ese peón que, después de todo, sí resultó ser débil, demasiado débil.
Con tu autoestima pisoteada y un grito mudo picando tu garganta, esperas el desenlace del crimen que intuyes está próximo, de aquel que planeabas sumar a tus antecedentes y declararte culpable, pero ya ves, ahora eres la víctima.
¡Qué perra es la vida!

Tic-tac. Tic-tac.


Las fichas están puestas sobre la mesa, no puedes hacer más.
Si te rindes, pierdes mucho más que el partido, y lo sabes. Pero tu salvación significa sacrificar lo más preciado que tienes, significa entregar a las garras de lo incierto a la mujer que amas.
Él quiere a tu reina.
La horrorosa presión que su mano ejerce en tu cuello no te deja pensar, te impide recobrar esa fría precisión que desde el principio parece haberte abandonado, y con un dolor insoportable en la última fibra del alma, hipotecas tu orgullo y con él, tu única oportunidad.

Tic-tac. Tic-tac.

Doce segundos pasaron desde que el sonido de la campanilla indicó tu turno. Doce segundos fingiendo eternidad en su afán por burlarse de ti y de la esperanza como invitada ausente. Sólo doce míseros segundos.
En un acto casi suicida, casi heroico, casi idiota, decides tumbar tu rey.
Y esa sonrisa irónica pintada en tu rostro se ensancha aún más.
Desde el suelo puedes ver la imagen bañada en lágrimas de tu reina, lágrimas de papel, lágrimas de cocodrilo, lágrimas de quien entiendes como una miserable actriz que olvidó borrar el ultraje que tu rival talló en su piel.
No hizo falta verbalizar su deslealtad, sus manos entrelazadas eran suficientes. Irrespetuosas seducían la gloria, fanáticas, inhumanas.
Apesta a traición por todas partes.
El tiempo, por piedad, acabó con su huida interminable, permaneciendo como único testigo de este grotesco espectáculo.
En tanto tú festejas la victoria hostil de ese timador profesional, festejas tu ingenuidad, festejas cómo el simétrico cuadro se va tiñendo de rojo. Festejas en tu agonía, un momento antes de que ese último suspiro robe tu alma y deje atrás unos ojos inertes.
La muerte llegó, con previo aviso sí, pero sin compasión.

Jaque Mate.





Mención en el Concurso Literario UdeMM 2010

27 de diciembre de 2009

Comienzos.

-Cómo estuvo tu año?

-Helados de limón, besos distraídos y noches imprudentes de estar en Babia. El año no estuvo nada mal, salvo por alguna que otra sonrisa de cotillón.

-Me alegro de que eso último haya cambiado.

-Cómo sabes que cambio?

-Porque desde que comenzaron los fuegos artificiales a inundar el cielo tus ojos no han parado de sonreír. No creo que ellos mientan también.

-Y quién dijo que era por los fuegos artificiales?


El brillo pícaro en su mirada, latidos atropellados y un sonrojo involuntario terminaron la idea en su lugar.

Él lo comprendió y en un clima de guerra taquicardiosa, sus labios azucarados ahogaron la magia de esa risa de niña y la tomaron para sí, camuflándola bajo el disfraz de un beso.

Bajo el disfraz de una ilusión prematura en que ambos comenzaban a creer.











[Imagen extraída de aquí]


18 de diciembre de 2009

Testimonio Paralelo.

Mucho tiempo de extrañar, mucho tiempo lejos de un lápiz, mucho tiempo ausente de mí misma.

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Desde el reflejo de la luna en lugares que no alcanza
la sequía para hacer marchitar nuestro sueño.
Desde el sentido abstracto de un reloj invisible
que manipula la vida aún sin darnos cuenta.
Desde la negligencia de muchos y la razón de unos pocos
intentando releer las páginas de libros en blanco.
Desde el auténtico soneto de la biografía de este mundo
en la melodía inacabable del mismo silencio.
Desde lugares en los que aún no se han trazado límites,
ni impuesto banderas gobernadas por fraudes.
Desde el sueño mismo en que se fue forjando
una nueva historia, un transcurso paralelo
que aunque imaginario, escapa a lo que hoy iguala a la realidad.
Desde allí, SONRÍO.